EL CUERPO FLUÍDICO
El hombre posee dos cuerpos: uno de materia grosera, que lo pone en relación con el mundo físico; otro fluídico, por medio del cual entra en relación con el mundo invisible.
El cuerpo físico es perecible y se desagrega en la muerte; es un traje vestido para la duración del viaje terrestre. El cuerpo fluídico es indestructible, más se purifica y se eteriza con los progresos del alma, de la cual es envoltorio inseparable, permanente.
Debe ser considerado el verdadero cuerpo, el tipo de la creación corporal, el esbozo en que se desarrolla el plan de la vida física. Es en él que se modelan los órganos, que las células se agrupan; es él que les asegura el mecanismo funcional. El periespíritu, o cuerpo fluídico, es el agente de todas las manifestaciones de la vida, tanto en la Tierra, para el hombre, como en el espacio, para el Espíritu. Él contiene la suma de vitalidad necesaria al individuo para renacer y desarrollarse.
Los conocimientos acumulados en el curso de las encarnaciones anteriores, los recuerdos de las pasadas existencias se capitalizan y registran en el periespíritu.
Exento de las constantes mutaciones padecidas por el cuerpo material, es él la sede imperecible de la memoria y asegura su conservación.
El admirable plan de la vida se revela en la constitución íntima del ser humano. Destinado a habitar, alternativamente, dos mundos diferentes, debía su organismo contener todos los elementos susceptibles de ponerlo en relación con esos mundos y en ellos facilitar la obra de su progreso.
No solo nuestros sentidos actuales son llamados a desarrollarse, más todavía el periespíritu que encierra, a más de eso, los gérmenes de nuevos sentidos que han de despertar y manifestarse en el curso de las futuras existencias, dilatando cada vez más el campo de nuestras sensaciones.
Nuestros modos de percepción se encuentran en correlación con el grado de nuestro adelantamiento y en relación directa con el medio en que habitamos.
Todo se encadena y se armoniza en la naturaleza física, como en el orden moral de las cosas. Un organismo superior al nuestro, no tendría razón de ser en el ambiente en que el hombre viene a ensayar los primeros pasos, recorrer los primeros estadios de su infinito itinerario.
Nuestros sentidos son, sin embargo, susceptibles de perfeccionamiento ilimitado. El hombre actual posee todos los elementos de su grandeza futura; en progresión creciente los verá él manifestarse, en torno suyo, en todas las cosas, propiedades, cualidades que aún le son desconocidas. Aprenderá a conocer potencias, fuerzas, cuya existencia ni siquiera sospecha, porque no hay posibilidades de relaciones entre ellas y el organismo imperfecto de que dispone actualmente.
[…] El Espíritu, en la carne, es como prisionero en la cárcel; el estado de sonambulismo y de mediumnidad lo hace salir de ella y le permite, más o menos, dilatar el círculo de sus percepciones, conservándolo preso por un lazo a su envoltorio. La muerte es la liberación integral.
A esas diferentes formas de la vida, corresponden diferentes grados de conciencia y conocimiento, tanto más elevados cuanto más libre y adelantado el Espíritu en la escala de las perfecciones.
Es observando asiduamente esos variados aspectos de la existencia que se llegará al perfecto conocimiento del ser. El hombre dejará de ser para sí mismo un misterio vivo, ya no será, como hoy, privado de nociones exactas sobre su naturaleza íntima y su futuro.
[…] el poder de irradiación del Espíritu y de la extensión de sus percepciones, son siempre proporcionales al grado de su elevación. La pureza, la transparencia del envoltorio fluídico son, en el espacio, el irrecusable testimonio del valor del alma; la rarefacción de sus elementos constitutivos, la amplitud de sus vibraciones aumentan con esa purificación. A medida que la moralidad se desarrolle, nuevas condiciones físicas se producen en el cuerpo fluídico.
Los pensamientos, los actos del individuo, reaccionan constantemente sobre su envoltorio y, conforme a su naturaleza, lo tornan más denso o más sutil. El estudio perseverante, la práctica del bien, el cumplimento del deber en todas las condiciones sociales, son otros tantos factores que facilitan la ascensión del alma y aumentan el campo de las sensaciones y la suma de los gozos.
Mediante un prolongado adiestramiento moral e intelectual, mediante existencias meritorias, aspiraciones generosas y grandes sacrificios, la irradiación del Espíritu se dilata gradualmente; se activan las vibraciones periespirituales; su brillo se torna más vivo, al mismo tiempo que disminuye la densidad del envoltorio.
Dependiendo el poder, la felicidad, la irradiación del Espíritu de la purificación de su envoltorio, la cual es, precisamente, la consecuencia de su adelantamiento moral, se comprenderá entonces como el ser es el artífice de su propia desgracia o felicidad, de su rebajamiento o elevación. El hombre prepara, con sus actos, su propio destino; la distribución de las facultades y virtudes no es más que el resultado matemático de los merecimientos, de los esfuerzos y largos trabajos de cada uno de nosotros.
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Extraído del capítulo X – La Nueva Revelación. La Doctrina de los Espíritus; de la obra: “Cristianismo y Espiritismo”.




El cuerpo fluídico o periespíritu no es un concepto nuevo. San Pablo lo denominó «cuerpo espiritual». Como todo lo que forma parte de la realidad, no es el espiritismo quien lo «inventa», lo engloba en una doctrina científico – filosófica con consecuencias morales. Una doctrina solida y coherente que nos explica quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos. Demos gracias al Padre por bendecirnos con estos conocimientos que nos consuelan y nos dan esperanza y ganas de vivir.